lunes, 28 de enero de 2008

7-LUISA CASERES DE ARISMENDI

LUISA CASERES DE ARISMENDI




LUISA CACERES era la hija mayor de Don Domingo Cáceres, natural de Caracas, y de su esposa, Doña Carmen Díaz. Sus dos hermanos menores que la seguían se llamaban Félix y Manuel Cáceres.
Luisa nació en Caracas el día 12 de septiembre de 1799. Siendo hija única fue educada en medio de los solícitos y tiernos cuidados de sus padres, creciendo en un ambiente de austeridad y aislamiento.
Es educada para ejercer el sagrado ministerio de esposa y de madre. Por el atraso en que se encontraba la instrucción pública en esa época, su espíritu no fue cultivado, aprendiendo solamente a leer y a escribir y todas aquellas normas de sociabilidad que trasmitían los padres a los hijos desde lejanos tiempos. Pero a pesar de su escasa instrucción Luisa pudo elevarse a su destino y perfeccionarse moralmente durante su infancia.
Las austeras costumbres de sus padres en medio de los cuales vivió sus más tiernos años, forjaron en ella una mujer de recio temple moral, capaz para soportar sin desmayar las fuertes amarguras que la vida le reservaba como corolario a su glorioso y trágico destino.
En el año de 1814 y cuando aún no había cumplido sus 15 años, ya era Luisa una joven de rara y sugestiva belleza y de grandes atractivos personales. Las vicisitudes de la vida no le dejaron tiempo para deslumbrarse con los placeres del mundo, siendo de carácter concentrado y de escasa y mesurada palabra.
Desde sus más tiernos años era Luisa gran admiradora del general José Félix ibas, quien era a su vez gran amigo de su padre, en cuya casa un día conoció al general Juan Bautista Arismendi, quien más tarde habría de ser su esposo.

En una fiesta de Navidad, por el mes de diciembre de 1813, se encuentran los dos amigos con la familia Cáceres.Ribas les presenta al coronel Arismendi, -ya viudo- y éste queda prendado de los atractivos de Luisa. A los pocos días Arismendi hace a sus padres una formal declaración de sus pretensiones, pero su proposición fue rechazada a causa de la tierna edad de la niña. Desde ese momento Luisa esquiva su presencia durante las visitas del coronel margariteño, y este incidente, sin resultados por el momento, decidió la suerte de la única hija de Cáceres.
Domingo Cáceres era hombre de hábitos extraños a la guerra, pero su intimo amigo, el comandante Juan José Toro pidió su compañía, y el Profesor de Latín se vio obligado a abandonar su casa, sus discípulos y sus estudios para ir en su ayuda a la guarnición de Ocumare.
El día 6 de marzo Rosette sorprende la guarnición. El jefe apenas sí puede escapar con vida. Cáceres se queda sin hacer mayor caso del Decreto de Guerra a Muerte, y pensando que el español respetaría su vida, sale a la plaza a informarse de lo ocurrido, y allí recibió la muerte de las tropas invasoras.
La familia de Cáceres recibe la noticia con doble espanto: el que le infunde la inesperada muerte del padre de la familia, y el terror de saber que Rosette amenazaba la población con el saqueo y el degüello. Bolívar sabe el peligro en que está Caracas, y destaca en su auxilio a 300 hombres al mando del Coronel Montilla.
Arismendi entretanto desempeña la Comandancia Militar. Reúne en aquel momento desesperado a la juventud adolescente de Caracas, en su mayoría estudiantes, y organiza una expedición de 800 hombres. Rosette acaudillaba a 3.000 soldados.
El 14 de marzo sale Arismendi al frente de su expedición de jóvenes estudiantes para Ocumare. Entre los jóvenes estaba el hijo mayor de Cáceres. Todos perecen, y Félix Cáceres queda prisionero, para ser más tarde y a los diez días de sacrificado su padre, muerto a machetazos por el bárbaro Rosette. Así comienza la adversidad a afincarse en la vida de Luisa Cáceres.

Arismendi milagrosamente salva la vida en la derrota de Ocumare. Poco después Ribas devuelve la victoria a los patriotas y es mandado por abril a tomar las riendas del gobierno en la isla de Margarita.
El 7 de julio de 1814 seis mil ciudadanos se precipitan a emigrar por la vía del este, con dirección a Barcelona. Entre ellos va la familia Cáceres. Bolívar y Ribas preceden a la numerosa emigración en retirada. En el sitio de los Largos, cerca de Guarenas, rinden la primera jornada, allí pasan la noche durmiendo a la intemperie y en el suelo. Al atravesar la quebrada de Guarenas, Luisa pierde su calzado y la maleta donde guarda su ropa, y se ve obligada a seguir caminando descalza, hasta que uno de los compañeros le consigue unas "cotizas" que ella se calza para continuar la marcha. El Libertador en persona se constituye en salvador de las mujeres que tenían que atravesar el peligroso paso de Los Reventones.
Atraviesan la montaña de Capaya, los ardientes arenales de Tacarigua y Unare. Diego Ibarra, edecán del Libertador, instala a la familia Cáceres en un cuartucho y les proporciona algunos alimentos. Son indescriptibles las penalidades que sufre Luisa Cácerca en su huida a Barcelona. Las cuatro tías mueren durante la travesía, y de la familia sólo queda ella, su madre y un hermano de 11 años. Luisa y los dos miembros de la familia encuentran albergue en una de las casas que las autoridades proporcionaban a los emigrados. Cuando llegan están afiebrados y extenuados por la larga caminata, encontrando solamente una escasa y mala ración de comida.
Debido a los reveses de la Batalla de Aragua, los emigrados tuvieron que seguir viaje a la costa de Cumaná, en el pueblecito de Pozuelos, distante a tres leguas, pero Luisa ya no camina, sino que se arrastra, sintiéndose exhausta por las fatigas y dolencias de 58 leguas de penosa peregrinación.
Al salir nuevamente la caravana, Bolívar fija su atención en la niña que llora porque no puede caminar ni sostenerse en pie, y movido a compasión la coloca en el anca de su cabalgadura. Recorre así gran parte del camino, y luego la entrega a un subalterno, encareciéndole mucho su cuidado. Así se separan la madre y la hija. El subalterno de Bolívar la coloca en el anca de su bestia y de este modo la lleva a Santa Fe, caserío cercano a Cumaná. (En sus últimos años la esposa de Arismendi recordaba este incidente, encomiando la lealtad, el respeto y los cuidados que le prodigara el jinete de Bolívar, quien atendía a todo: a su alimento, al agua, al descanso de la niña sometida a su cuidado. Estas atenciones le atrasaron, y Luisa se aterraba al verse sola, con aquel tosco y comedido oficial, transitando por los bosques
solitarios) .
Al llegar a Santa Fe, Luisa es restituida a su madre, y alcanzan Cumaná con los restos de las tropas salvadas de Aragua, y seguidos por e1 grueso de la emigración. El 25 de agosto arriban a Cumaná y encuentran que allí todo es agitación y sobresalto. La emigración queda estacionada en Cariaco desde los primeros días de septiembre, sufriendo allí las más lastimosas privaciones.
Los emigrados que han quedado en La Esmeralda buscan refugio en Margarita donde Arismendi les dispensa garantía y protección, y allí llega el hijo de Cáceres, quien le informa de la familia. Arismendi inmediatamente las manda a buscar. Madre e hija pasaron a Pampatar, y de allí a La Asunción en Octubre de 1814, a los tres meses de su huida hacia el Oriente.
El día 4 de diciembre de 1814 el Coronel Arismendi celebra sus segundas nupcias con Luisa Cáceres.
Arismendi se establece junto con su desposada en un pintorescopueblo del norte, distante tres y media leguas de da capital de La Asunción y una legua de Juan Griego, y allí se entrega a sus pacíficos trabajos.
Los patriotas estaban totalmente sometidos, y se inicia una época de espionaje, secuestros y persecuciones para lograr el exterminio de los llamados insurgentes.
Las autoridades españolas visitan la casa del Coronel Arismendi, siendo cortésmente recibidos y obsequiados por Luisa.
Un joven caraqueño, Pedro Berroterán, quien era oficial de los patriotas, comunica un día a Luisa la pérfida acechanza que se prepara para hacer preso a Arismendi. Pero Arismendi no da crédito a sus palabras aun cuando cede ante las súplicas de Luisa, quien le pide que no asista a una fiesta inventada para capturarlo.
Las autoridades españolas al saberse burladas se apoderan de Luisa y a altas horas de la noche se la llevan presa a La Asunción, sin dejarle tiempo ni para recoger la ropa necesaria.
En una cabalgadura la conducen en calidad de detenida y la alojan en la casa de las señoras Amnés, conocidas adictas a los realistas.
En la noche del 23 se decreta la prisión de Arismendi y éste es solicitado en toda la Isla. Arismendi se había ocultado en compañía de su hijo Ignacio de 16 años de edad.
Todos los bienes de la familia Arismendi son confiscados por los españoles.
El 24 de septiembre de 1815 es recibida Luisa en la casa de Don Cristóbal Amnés y confinada en un aposento, sin dejarle comunicación alguna con los dueños de la casa y siéndole prohibida. la correspondencia con su madre. Careciendo de todo, hasta de la ropa necesaria, no llega a afligirse sino ante el negro porvenir que se le presenta a su esposo.
Por la serranía de Cupey llega Arismendi protegido para libertar a su esposa y le envía una nota con las órdenes para la fuga. Luisa, temiendo ser descubierta, y pensando que la vida de su esposo corría un grave peligro, no accede a su planes. A pesar de sus 16 años tuvo la cordura de resistir a la poderosa tentación. Presintiendo los resultados de su negativa la joven valerosa se apresta a ocupar el puesto que el destino adverso le preparaba.
Días más tarde es conducida Luisa a la Fortaleza de Santa Rosa y encerrada en un estrecho calabozo. Un centinela vigila hasta sus menores movimientos, y es obligada a comer el rancho que le dan como único alimento.
Luisa permanece sentada noche y día sin moverse para no llamar la atención del celador. Un día el capellán de la fortaleza de regreso de sus oficios pasa por su puerta y se queda contemplando aquella mujer en actitud de vencida, de humillada. Movido a compasión por su estado logra que le lleven comida de su propia casa, que le supriman el centinela y que le coloquen una luz que ilumine el calabozo durante a noche.
Entre tanto el jefe realista Urreiztieta le propone a Arismendi el rescate de los prisioneros españoles que están en su poder, ofreciendo en cambio la libertad de su esposa.
"-Diga Ud. al jefe español que sin patria no quiero esposa."
(Más tarde, en sus conversaciones íntimas con su hijo, quien admitía la posibilidad de que su madre no fuese querida por él, éste le decía: "Hijo, entonces como ahora mi amor por tu madre era entrañable, pero de nada me habría servido lograr la vida de la esposa si la patria se perdía").

Por cálculo considera Urreiztieta más ventajoso conservar la vida de la joven prisionera, y aunque la negativa de Arismendi lo enciende en cólera, no toma represalias contra la vida de Luisa Cáceres.
A pesar de los crueles tormentos que sufre Luisa en el calabozo de la Fortaleza de Santa Rosa, su ánimo y su fe en la obra redentora y heroica de su esposo, no decaen un momento.
Los soldados se divierten oyéndola hablar de política y se complacen en trastornar las noticias del movimiento patriota para verla confundida, gozándose en la angustia que refleja su semblante atormentado.
La noche en que fuera arrebatada de su hogar, Luisa no tuvo tiempo para traer ropa que cambiarse en la prisión, y los soldados la llevan al río para que lave las prendas que tiene encima, las cuales vuelve a vestir húmedas sobre su cuerpo cuando llega la hora de regresar al calabozo.
Día y noche llora Luisa por el desamparo en que se encuentra, hasta el momento en que ve a una humilde y pobre prisionera como ella que sobrelleva con admirable valor los escarnios y burlas de las tropas. Desde ese momento toma la resolución de no llorar más y se reviste de dignidad para enfrentarse a la situación, convencida de que nada logrará con sus lágrimas ante la manifiesta maldad de aquellos hombres privados de todo sentimiento de humanidad.
Habiendo trascurrido un mes desde su prisión oye una noche una gran alarma y se da cuenta de que se prepara un asalto al cuartel. La lisonjea la esperanza de un triunfo de los suyos pero al amanecer, cuando todo está en calma, sólo oye los lamentos de los moribundos y delos heridos de la refriega. Horas más tarde los soldados la sacan de su prisión para pasearla sobre la explanada del cuartel, donde han sido fusilados los infelices prisioneros. Luisa tiembla ante la idea de que ella también va a ser sacrificada, pero estaba equivocada: el objeto de sus verdugos era que se paseara por sobre los cadáveres de los patriotas fusilados, que caminara por sobre aquellos cuerpos sin vida que habían tenido la osadía de querer libertarla.
La sangre derramada va a desembocar en el aljibe de la prisión y a Luisa la obligan a calmar su sed con aquella agua putrefacta y pestilente mezclada con la sangre de los suyos. Cuenta Luisa los instantes de vida que le restan y llega a apreciar la calidad del patriotismo de su esposo al negarse a aceptar
el canje que le daría la libertad.
Después de efectuado el asalto, los españoles piensan que Arismendi no volvería a hostilizar la plaza si exponían en la explanada a su mujer. Con ello sólo lograron afirmar su entereza moral y la de su esposa, identificada ya con el heroísmo del caudillo de la Revolución de Margarita.
En la prisión Luisa es obligada a trabajar, y así le llevan los sacos de coleta que sirven para llenar la metralla de la artillería del castillo. Recibe unas tijeras, hilo grueso y una aguja propios para el caso.
Entretanto se acercan los días de su alumbramiento y los cuidados de la madre la asaltan en aquel horrible desamparo. Piensa en el abrigo que necesitará el hijo que va a venir, y busca la manera de proveérselo, sin encontrar más que un velo de punto que trajera sobre sus cabellos al salir de su casa para ingresar a la prisión. Con gran cuidado Luisa corta un abriguito de niño y se dispone a coserlo con el hilo y la aguja que le dieran para coser los sacos de metralla que servirán para hostilizar al padre.
Pocas veces la vida ofrece una situación tan dolorosa e interesante como ésta de nuestra valerosa heroína en la Prisión de Santa Rosa. Los innumerables reveses que sufría no eran de los que se dejan traslucir en los insólitos caprichos de la suerte. Habiendo crecido en medio de un piadoso hogar, ajeno a las vicisitudes mundanas, no pensaría nunca esta suave mujer verse prisionera en un asqueroso calabozo, rodeada en su desamparo por oficiales y soldados crueles e ignorantes, que creían tener en su poder a una mujer llena de juventud y de atractivos. Sin embargo, Luisa pone de manifiesto a sus verdugos un extraordinario poder, cuya influencia irresistible les llegó, sin que se dieran cuenta de ello. La ultrajaban de palabra, pero no se atrevieron a llegar más allá de las palabras,
A los pocos días de ingresar a la prisión, los oficiales frecuentaban su calabozo y se entretenían en conversaciones políticas con el fin de provocarla. Le hablaban de una manera patética de las desgracias que la esperaban con motivo de la rebelión que acaudillaba su esposo, exponiéndole al mismo tiempo el cambio favorable que se operaría si rompía los vínculos que la ataban a aquel traidor que la había abandonado en manos de sus enemigos. En sus conversaciones trataban de degradarla y de obligarla a comprar su libertad con la infamia.
Así fue como Luisa se enteró de que Arismendi se había negado a canjearla por los prisioneros españoles que tenía en su poder. Comprende entonces el móvil heroico que obliga a Arismendi a proceder de este modo, y sus enemigos no logran quebrantar su habitual serenidad.
Un día le pregunta un oficial qué nombre iba a ponerle a su hijo.
-El de su padre- respondió Luisa fríamente.
El oficial le ripostó que el primogénito de Arismendi no llevaría el nombre de un traidor, que se llamaría Fernando como el Rey, y que sería educado en España, muy lejos del lugar en que su padre sería ahorcado.
-No llevará otro nombre que el de su padre- replicó con entereza la cautiva,
-Si tal cosa sucede -respondió el oficial-verá usted a su hijo ensartado en la punta de una bayoneta.
Estos hombres inhumanos se proponían quebrantar la fortaleza moral de su víctima, pero como hemos visto a través de todas las angustias vividas por esta ejemplar mujer, tan abrumada por los sufrimientos, su entereza moral no sufrió menoscabo, y demostró una vez más el fuerte temple de su espíritu, acostumbrado ya a los dolores y las privaciones de la vida.
El 23 de enero de 1816 Luisa empieza a sentir las novedades de parto. Lo que más distinguió el carácter de esta valerosa mujer fue la voluntad enérgica que observó durante sus grandes infortunios, absteniéndose hasta de manifestar sus propias necesidades. En su casa, cuando podía satisfacer sus caprichos, y cuando sus padres trataban de complacerla, siempre tenían que adivinar lo que necesitaba o quería, para que no careciera de nada. Ante esta fuerza moral, se concibe que no se doblegara jamás ante el enemigo, ni siquiera para reclamar lo que en su calidad de mujer y de cautiva, estaban en el deber de proporcionarle.
Luisa pasa tres días de angustia solitaria en esos críticos momentos en que toda mujer necesita la ayuda y compañía de otra mujer. Su natural recato la hizo guardar silencio, pero notando el cabo que no tomabalos alimentos, avisa al oficial de guardia, y éste dispone que otra señora, también prisionera, pase al calabozo de Luisa a prestarle los auxilios necesarios. La
mujer designada para asistirla encuentra a Luisa agotada de tanto sufrir.
La lluvia de esos días mantenía el cuarto que le servía de prisión completamente empozado, y la buena mujer se da a la tarea de secarlo, para poder acercarse a la enferma. Pide un poco de licor y se lo da a Luisa para hacerla entrar en calor y reanimar las fuerzas perdidas.
El día 26, y bajo la reacción del vino tomado, da a luz una niña que nace muerta por asfixia.
Cuando van a echarle el agua del bautismo, el oficial que actúa le pregunta qué nombre quiere ponerle, y ella responde sin saber que es una niña:
-Juan Bautista.
Da con ello muestras de que sólo tenía presente el recuerdo del esposo en aquellos momentos conflictivos, y soñaba, en medio de sus dolores y suplicios, perpetuar la memoria del hombre amado en la carne inmaculada del hijo que anhelaba su corazón de mujer.
La mujer que la acompaña regresa a su calabozo dejándola sola con el cadáver de su hija. Luisa recibe aquella prenda de su amor sin vida, y es fácil de imaginarse toda la amargura que brotaría de su corazón al estrechar entre sus brazos la carne inanimadade su hija. Quiere darle vida y calor, y cubre el cuerpecito con los abrigos que le ha preparado su previsión de madre y con ternura dolida de mujer, cruelmente golpeada por el destino, la coloca en el catre que a ella le sirve de lecho en sus noches; insomnes.
Pero la piedad de sus verdugos no se conmueve ni ante este inmenso dolor de una mujer en su sacrosanta función de madre. No hay piedad, ni conmiseración, ni respeto para aquella carne en suplicio. Y de sus labios no sale una sola queja, ni una sola palabra para condenarlos ni para juzgarlos. Así se presenta Luisa Cáceres ante la Historia, ante los ojos de la humanidad, ante los ojos de la mujer venezolana que la contemplan, con su hija muerta entre los brazos, formando el justo concepto de la mujer heroica y valerosa, ante cuya personalidad, ante cuyo valor y espíritu de sacrificio, toda frase, toda palabra es inexpresiva.
Dos días transcurren y nadie se ocupa de exhumar el cadáver de la hija de Luisa Cáceres. El dolor y la angustia llegan a embotar sus sentidos, que no de otra manera se explica el que su corazón no estallase de dolor ante el
largo espectáculo de la hija muerta y fría en su cama.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano pide una ayuda, y le mandan a dos niños del pueblo para llevar el cadáver a la sepultura.
La madre entrega el cuerpo en la única almohada que tiene, pues no le han proporcionado ningún transporte para enterrarla.
Cuando los niños regresan le entregan a Luisa la almohada y las prendas de vestir que cubrían el cuerpo de la niña muerta. Luisa, sorprendida, les pregunta la razón de por qué no la han enterrado con sus vestidos.
-Nosotros la hemos botado en un zanjón-responden los niños y le devolvemos los vestidos y la almohada porque creemos que usted los necesita. Y el cuerpo de la hija de Luisa Cáceres no mereció los honores de una sepultura sino que fue arrojado entre los desperdicios de la quebrada del Castillo de Santa Rosa.
El 29 de enero el brigadier Pardo dirige al capitán Moxó esta carta que la historia ha conservado:
"La mujer de Arismendi ha dado a luz en su prisión "un nuevo monstruo. Ésta y otra señora presa he mandado al gobernador de Pampatar envíe a La Guaira, donde deben estar sin comunicación. Arismendi según voz, ha hecho matar a nuestros prisioneros, y en este casoconvendría decapitar a su mujer. También tengo entendido que esta señora escribe a su marido, y éste a aquella, y no conviene que esté aquí."
Más adelante agrega:
"Los enemigos envían continuamente mujeres con niños pequeños a llevar y traer noticias; y como es lastimoso matar a unos y otras, se les echa otra vez y esto puede costamos caro; espero que me diga usted también si todos los niños, las madres, etc., han de morir o qué se ha de hacer con ellos."
La salud de Luisa se resiente y contrae una grave enfermedad del estómago causada por la humedad en que vive y por el rancho que come diariamente. El cabo que lleva la ración nota en su pálido semblante la enfermedad que la agota, y le sugiere que se tome un poco de licor que él mismo le sirve. Luisa se resiste a tomarlo, pero al fin cede, y logra mejorarse con ese remedio,
llegando a dominar la enfermedad en pocos días.
Mientras Luisa padece heroicamente estos conflictos, Arismendi se prepara a atacar resueltamente al enemigo.
El 26 de .enero da la acción memorable de El Mamey. Las escenas del combate se suceden de una manera violenta y corre por los campos la sangre de los patriotas acaudillados por Arismendi.
Luisa soporta los sufrimientos físicos y morales impuestos por sus verdugos sin exhalar una queja, dando pruebas de un tenaz valor.
Los representantes del gobierno español en Margarita y en Caracas consideraban como una buena presa a la débil niña, por cuya mediación trataban de conseguir el sometimiento del terrible caudillo.
A principios del mes de febrero de 1816 la salud de Luisa manifiesta de un modo alarmante los resultados de su continuo padecer, en la hinchazón de los pies y de las manos. Pero a nadie habla de sus quebrantos, ni lanza quejas que no van a ser atendidas. Silenciosamente sufre susmales físicos a los que se agrega el malestar moral por el roce constante con soldados y militares groseros y faltos de consideración, respeto y humanidad para con la prisionera.
Entregada Luisa a sus recuerdos y en medio de una terrible soledad, vive susdías en la prisión.
Un día se presenta a su calabozo una escolta que la ordena salir, sin anunciarle el objeto de la partida. Como ella sabe que de esta manera son sacados los prisioneros para ser llevados al patíbulo, cree que ha llegado para ella su último momento.
Los soldados para acabar de doblegarla le indican el lugar donde la llevarán para allí ser fusilada. Luisa Cáceres se detiene y conmina a los soldados a que cumplan las órdenes recibidas sin seguir más adelante, creyendo ser mejor para ella acabar de una vez con la vida, antes que seguir en medio de tan crueles penas la marcha hasta llegar al lugar designado en donde se detienen.
Luisa, con su personal entereza de ánimo se presenta ante sus verdugos quitándose antes sus zarcillos de oro, única prenda que le quedaba, y entregándolos como premio de gratitud al soldado que con tanta bondad la
tratara durante su enfermedad. El soldado se niega a recibirlos, y sólo a instancias de ella los acepta.
De pie espera Luisa la orden de fuego, recostada de un árbol sobre el cual se apoya en un instante de debilidad en que parece que las fuerzas que hasta allí la han dirigido la hubieran abandonado de repente.
Pasan los minutos y la víctima .con los ojos abiertos, en actitud erguida, fría, indiferente, aguarda el instante que le arrebatará el último aliento.
Su pensamiento está tan lejos de la escena, que no se da perfecta cuenta de que han pasado varios minutos y ella todavía está de pié y viva.
Los soldados, a unos pasos distantes de ella, la apuntan con sus fusiles. ¿Cuánto tiempo pasa? Luisa no lo sabe. Ella está en el dintel de la eternidad, con sus ojos desmesuradamente abiertos, sostenida por su admirable valor, impávida, como la estatua del dolor.
El oficial después que la contempla torturada, bajo el fío de la muerte, da la orden a la escolta para que la regresen nuevamente a la prisión.
Toda esta escena de crueldad fue cuidadosamente preparada por el comandante del castillo con el objeto de amedrentar a la esposa de Arismendi, queriendo vengar en una inocente mujer los delitos políticos del esposo.
Pardó y Moxó consideran que la "prisión de la esposa de Arismendi debe continuar como medida necesaria al sometimiento de la causa del Rey. Por tanto .determinan trasladarla al Fortín de Pampatar, para luego ser remitida de allí, presa a Caracas.
A pesar de todo lo sufrido, Luisa todavía puede conservar su imponente dignidad y su valor en aquellos continuos martirios. Nunca la intimidaron la oscuridad de la mazmorra ni el maltrato con que sus verdugos la vejaran; ni los peligros de que siempre vivió rodeada.
Un día el comandante del regimiento que guarnecía la fortaleza manda a buscar a Luisa para que ocupe la misma pieza en que él duerme. Y ésta, revistiéndose de dignidad, ordena al asistente del mismo comandante que restituya su lecho al calabozo que le había sido designado a su llegada. Ninguno de los presentes se atrevió a oponerle resistencia.
Pocos días permaneció en las mazmorras del Fortín de Pampatar. Durante esos cortos días se alimentó con la ración de harina con aceite que se daba a los soldados por todo alimento.
Sola, entregada a aquella soldadesca inculta, sin noticias de sus familiares, perdida toda esperanza de liberación, debilitada su salud por los tormentos padecidos durante su prisión y por los largos días de encierro y mal comer; era de temerse que su desesperación estallase en alguna crisis de nervios, pero Luisa permanece erguida y valerosa, como una blanca vela en medio de un océano tormentoso.
Y abroquelada en su valor espera la orden de continuar la marcha.
Llega al fin la hora en que debía salir de Margarita sin que ella supiera a dónde iba a continuar su martirio. Un cabo de nombre Rubio le notifica la orden de seguir la escolta que mandaba. La conducen a la playa y allí se entera de que va a ser embarcada en la goleta de guerra al mando del alférez de Fragata Don Juan Gabazo.
Marineros casi desnudos se aprestaron a tomarla en brazos para trasportarla al bote que flotaba a alguna distancia de la playa. Pero Luisa se resiste a ser embarcada de ese modo. El cabo Rubio se ofrece para llevarla y con todo respeto la alza en brazos hasta la embarcación y al dejarla allí le entrega un lío con sus ropas. La atención de aquel buen hombre cuidó de lavarle una prenda de vestir. Dentro le incluye algunos artículos que ella descubre mucho después de su llegada. La emoción la turba un poco y con el pensamiento da las gracias a aquella buena alma que se cuidó de hacerle algún bien en medio de sus infortunios.
A las once de la mañana la sientan sobre cubierta en una silla y en ella permanece hasta el día siguiente a las cinco de la tarde, sufriendo todas las privaciones y tormentos que le imponía su natural pudor.
Al llegar a la bahía de Cumaná la "General Morillo" tomó a su bordo la familia del dr. Andrés Level de Goda, quien se dirigía a Caracas, donde desempeñaba las funciones de Fiscal de Hacienda de la Real Audiencia. Acompañada Luisa por personas respetables obtuvo las comodidades que necesitaba en su viaje a La Guaira.
Era a este puerto que venía destinada.
Al llegar a tierra se ve rodeada de una gran cantidad de personas que estaban ávidas de conocer a la esposa de Arismendi, cuyo cautiverio ocupaba la atención pública.
La escolta la .conduce a presencia del comandante de la plaza, el teniente coronel don Remigio María Bobadilla, alojado en la antigua Factoría (más tarde, Casa de Aduana).
La prisión de Luisa Cáceres no reconocía causa legal. Si hubiese sido acusada del delito de infidencia, tocaba sólo al competente Tribunal la instrucción del proceso. Pero entonces las leyes de la monarquía y sus formas judiciales no podían proteger a los patriotas, que eran parias para los pretorianos españoles.
Por sus recriminaciones le dio a entender que la fidelidad a su marido y la firmeza de sus opiniones eran todo su delito. Y lo propone que abandone a su esposo y abjure de sus propias convicciones, para poder declararla inocente.
Luisa, acostumbrada ya a los fieros desahogos de los hombres del cuartel, oye sin inmutarse aquellas voces destempladas y le dirige estas palabras que hubieran podido confundirlo:
-"No es así como usted debe tratar a una mujer honrada e inocente."
Bobadilla en respuesta ordena que Luisa sea encerrada bajo llave en una de las últimas piezas de la Factoría Y allí pasa toda la noche sindormir, sentada en una mesa.
Al día siguiente es trasladada al Parque de Artillería, edificio que luego sirvió de cuartel en la plaza de la Alameda, ocupando allí una estrecha pieza ventilada solamente por una pequeña ventanilla que daba a la misma plaza.
Cerca de la puerta de entrada la vigila un centinela noche y día. Quieren privarla de toda comunicación con la calle, pero Luisa se opone a la orden y obtiene éxito, pudiendo así recibir un poco de aire en aquel ardiente clima.
En la pieza sólo hay un banco de madera, y Luisa buscando en el lío de su ropa encuentra una pieza de lienzo ordinario que había colocado allí la amable previsión del cabo Rubio. Da al lienzo la forma de una almohada y
la tiende sobre el banco que le sirve de lecho.
Antes de acostarse se. acerca a la puerta a aspirar un poco de aire y cambia unas palabras con el centinela vigilante, que resultó ser un "reinoso" como entonces se nombraba a los naturales del Reino de Nueva Granada. Luisa comprende que aquel soldado pertenecía a su partido y así le dice:
-"Es extraño que usted siga la bandera de los españoles".
-"Niña -responde el soldado- yo fui hecho prisionero en una acción que perdieron los patriotas".
El joven granadino da a Luisa muestras de benevolente interés, y sabiendo que ella no ha aceptado la ración de caraotas y casabe que se le ha servido, le lleva vino y bizcochuelos para que se alimente.
El alcalde de la prisión también se compadece del infortunio de Luisa. Este buen hombre había recibido en otro tiempo favores de Don José Domingo Cáceres, y al tener noticias de que era su hija la prisionera, se ofrece a mandarle la .comida de su propia casa.
Luisa sufre en la cárcel de La Guaira lo mismo que en el Castillo de Santa Rosa. Allí su vida fue cruelmente atormentada durante losocho días que permaneció encerrada prohibiéndosele salir de su calabozo sin escolta.
Nada sabe Luisa del destino que darán a su persona, y la incertidumbre agrava su martirio. Sin embargo, no piensa ni por un instante en que le puedan dar la libertad.
Le notifican que marchará a Caracas y se tortura pensando en la cárcel que la acogerá en la capital.
En una mala bestia llega bajo la custodia del teniente coronel Antonio Guzmán, quien servía en esta ciudad de sargento mayor del Batallón de Veteranos de Caracas.
El 22 de marzo de 1816 (domingo de Pascuas de Resurrección) vuelve Luisa a la ciudad natal al cabo de dos años no cumplidos. Salió emigrada y entra presa; en
Al llegar a la portería del Convento de la Inmaculada Concepción, el jefe que la acompaña le ordena bajarse. El monasterio abre sus puertas obedeciendo a una orden anticipada y Luisa entra, cerrándose tras ella las puertas: estaba en su nueva prisión.
Cuatro días después, (marzo 26) Moxó publicó en la capital y fijó en las esquinas este Bando:
"En la ciudad de Caracas, a 26 de marzo de 1816, el señor Don Salvador de Moxó, Brigadier con letras de Servicio, Gobernador y Capitán de estas Provincias, dijo: que habiendo agotado todos los recursos de paciencia, sufrimiento y benignidad para atraer a verdadero conocimiento de sus errores a todas aquellas persona® que se empleaban. en el detestable crimen de la infidencia al rey nuestro señor; haciéndose caudillos para reunir gentes con que de grado o por fuerza invaden las poblaciones cometiendo robos, asesinatos y todo género de maldades; y conociendo que ya todo eso de conciliación y de indulgencia con semejantes criminales es un perjuicio de los lugares pacíficos y subordinados a S. M. que 'se ven acometidos de improviso por hombres tan inmorales e inhumanos decreta: que cualquiera persona que aprehendiese viva o muertalas de los traidores Juan Bautista Arismendi en Margarita, Zaraza, Cedeño, Monagas y otros de los que capitanean partidos de malhechores en toda la extensión de esta Provincia, las de Cumaná, Guayana y Barcelona, sea remunerado con la cantidad de seis mil pesos en que se tasa la cabeza de cada uno de aquellos malvados, y los más de su especie que aparezcan en cualquier parte, abonándose por la Real Hacienda, la expresada cantidad; y para que llegue a noticia de todos, publíquese por bando y fíjese en los lugares acostumbrados e insértese en la Gaceta para su circulación en todas partes. Salvador Moxó."
El Monasterio de "La Concepción" estaba situado en la manzana que forma el ángulo s. o. de la Plaza de Catedral, hoy Bolívar. A principios del siglo XVII se levantaba allí una casa de dos pisos a expensas de Doña Juana de Villela, viuda del capitán don Lorenzo Martínez, ambos de origen español.
La piedad de esta señora, con real licencia, convirtió en convento aquella fábrica; la dotó con 7.000 ducados castellanos y tomó el hábito con sus cuatro hijas, tres sobrinas y dos jóvenes más el 6 de diciembre de 1637.
El Obispo Don Juan López Aburto do la Muta les puso la clausura. La primera Abadesa fue doña Isabel de Tiedra y Carbajal, religiosa del tonces una niña inocente y hoy en lo mejor de su bella juventud, ligada a uno de los pro-hombres de la época y soportando el peso de grandes infortunios cuyo término no se podía vislumbrar.
Al llegar a la portería del Convento de la Inmaculada Concepción, el jefe que la acompaña le ordena bajarse. El monasterio abre sus puertas obedeciendo a una orden anticipada y Luisa entra, cerrándose tras ella las puertas: estaba en su nueva prisión.
Cuatro días después, (marzo 26) Moxó publicó en la capital y fijó en las esquinas este Bando:
"En la ciudad de Caracas, a 26 de marzo de 1816, el señor Don Salvador de Moxó, Brigadier con letras de Servicio, Gobernador y Capitán de estas Provincias, dijo: que habiendo agotado todos los recursos de paciencia, sufrimiento y benignidad para atraer a verdadero conocimiento de sus errores a todas aquellas persona® que se empleaban. en el detestable crimen de la infidencia al rey nuestro señor; haciéndose caudillos para reunir gentes con que de grado o por fuerza invaden las poblaciones cometiendo robos, asesinatos y todo género de maldades; y conociendo que ya todo eso de conciliación y de indulgencia con semejantes criminales es un perjuicio de los lugares pacíficos y subordinados a S. M. que 'se ven acometidos de improviso por hombres tan inmorales e inhumanos decreta: que cualquiera persona que aprehendiese viva o muertalas de los traidores Juan Bautista Arismendi en Margarita, Zaraza, Cedeño, Monagas y otros de los que capitanean partidos de malhechores en toda la extensión de esta Provincia, las de Cumaná, Guayana y Barcelona, sea remunerado con la cantidad de seis mil pesos en que se tasa la cabeza de cada uno de aquellos malvados, y los más de su especie que aparezcan en cualquier parte, abonándose por la Real Hacienda, la expresada cantidad; y para que llegue a noticia de todos, publíquese por bando y fíjese en los lugares acostumbrados e insértese en la Gaceta para su circulación en todas partes. Salvador Moxó."
El Monasterio de "La Concepción" estaba situado en la manzana que forma el ángulo s. o. de la Plaza de Catedral, hoy Bolívar. A principios del siglo XVII se levantaba allí una casa de dos pisos a expensas de Doña Juana de Villela, viuda del capitán don Lorenzo Martínez, ambos de origen español.
La piedad de esta señora, con real licencia, convirtió en convento aquella fábrica; la dotó con 7.000 ducados castellanos y tomó el hábito con sus cuatro hijas, tres sobrinas y dos jóvenes más el 6 de diciembre de 1637.
El Obispo Don Juan López Aburto do la Muta les puso la clausura. La primera Abadesa fue doña Isabel de Tiedra y Carbajal, religiosa del
Convento de Santa Clara en la ciudad de Santo Domingo.
Antes de la revolución eran pingues las rentas de este Monasterio. Su Mayordomo colectaba cerca de 18.000 pesos cada año destinados a la manutención de 62 religiosas de velo negro, y del personal correspondiente a su servicio.
La Capitanía General obligó a la Superiora del Convento a convertir aquel asilo en prisión improvisada para la esposa de Arismendi, sabiendo cómo era de poderosa la autoridad real en la comunidad por las particulares distinciones que le dispensaba Morillo, el Dictador de Venezuela y del Nuevo Reino de Granada.
Desde la portería pasa Luisa a la celda que se le tenía destinada en el piso superior. La abadesa la recibe con estas palabras "he sido engañada" dichas con dulzura, pero con sorpresa al mismo tiempo. Luisa le manifiesta que realmente no se le ha dicho la verdad sobre la causa de su prisión, y le refiere en breves términos los sufrimientos que padeciera en el calabozo del Castillo de Santa Rosa, la enfermedad que allí había contraído y la hidropesía de que estaba padeciendo.
A pesar de su encierro y de la incomunicación en que la mantienen día y noche, Luisa considera su nueva prisión como un sueño de ventura, en oposición a la pesadilla que la estremeciera de horror en las mazmorras del castillo. En aquel recinto de piedad y de silencio encuentra una tregua para su desgracia. Los tormentos sufridos a causa de la poca piedad de los hombres que las habían torturado la llevan a albergar este pensamiento que llegó a decir en sus recuerdos: "El pesar de la separación de mi marido se alivia al pensar que es hombre, aquel de quien la desgracia me aleja", desviándose del otro sexo al impulso irresistible del horror que le inspiran los hombres de la fortaleza en que vivió, y de los cuarteles que habitó.
Luisa pensaba que si llegaba a quedarse sola en el mundo, sin esposo y sin madre, tal vez podría morir plácidamente en aquel convento que le habían asignado como prisión.
Y en efecto, en calidad de presa estuvo en él. No se le permitió .salir de su celda a ninguna hora, y allí permanecía encerrada junto con una criada que le designaron para su servicio personal. Solamente la abadesa la veía. No se le permitió asistir a la misa los domingos, aun cuando debiera oírla como precepto. Cada 15 días después de confesada se le administraba el viático en
su propia celda, considerándose como enfermedad su reclusión.
Cuando sintió restablecida su salud, pide a la abadesa que le proporcione algún trabajo y le permiten bordar un paño para el altar, tarea en la que Luisa emplea sus días y sus noches, tratando de olvidar con el trabajo manual las humildes condiciones de soledad y abandono en que estaba sumida.
Tal era la vida de Luisa Cáceres en el monasterio de "La Concepción" en que estaba prisionera.
El 23 de noviembre de 1816, y después de reñida lucha, Arismendi libera totalmente a la isla de Margarita de sus tiranos, a los que obliga a huir en medio del fuego dirigido desde el castillo de San Carlos, que los realistas abandonan, después de haberle sembrado una mina explosiva para que volara junto con los patriotas. Arismendi aprovecha la pólvora y los cañones por ellos abandonados y los dispara, causando serios descalabros a la escuadrilla en que se han refugiado, obligándolos a huir a la desbandada.
Durante estos sucesos, Bolívar se encuentra en Puerto Príncipe, y Arismendi le escribe inmediatamente comunicándole la acción e invitándole a regresar al país a tomar la suprema dirección de la guerra.
Las hazañas de Arismendi no llegan al asilo religioso en que Luisa permaneciera prisionera. Al cabo de ocho meses de encierro en el convento, ella no ha recibido una sola noticia de su esposo. La reclusa no podía salir de su celda ni le era permitido hablar con persona alguna, y a esto se le sumaba que las autoridades ocultabancuidadosamente los triunfos de los patriotas, considerándose como un crimen de lesa majestad auxiliar al insurgente o tenerle como simple amigo. También la guerra mantenía totalmente incomunicada a la isla de Margarita.
Morillo y sus expedicionarios convierten a Venezuela y Nueva Granada en un vasto campo de conquista, y para afirmar sus dominios cometen toda clase de atropellos. En Santa Fe el tribunal de sangre del "Pacificador" derrama la de los patriotas con espantosa profusión, llenando de luto el virreinato. Expropian a los huérfanos y viudas. Moxó en Caracas, después de su administración rapaz, da rienda suelta a sus instintos sanguinarios al invadir Bolívar las costas de Ocumare. Sacrifica en el camino de los Valles de Aragua a 40 patriotas que son sacados de sus casas a altas horas de la noche, exacerbándose cuando sabe las noticias de las victorias del general
José Antonio Páez en las sabanas de Apure, quien ha derrotado las tropas al mando del coronel español Francisco López.
El triunfo de Arismendi que ha nublado el horizonte de la política del rey, se refleja sobre Luisa Cáceres, y así la abadesa recibe un día la orden de entregarla para ser conducida a La Guaira, y como ésta preguntara cómo sería transportada, le informan que será conducida a pie a su destino.
Sobre una mula proporcionada por el convento, sale Luisa el día 24 de noviembre a las 8 de la mañana, en compañía de una escolta mandada por el mayor de la Plaza. Resignada se deja conducir, pensando una vez más que el odio banderizo se vengaba en ella, sin dejarle conocer siquiera el objeto de su viaje.
Atraviesa la ciudad sobre su cabalgadura en medio de las burlas y escarnios de una multitud inconsciente que maldecía en ella el nombre del caudillo triunfante. Al llegar a la Plaza de la Pastora se detiene la escolta, y Luisa es entregada bajo la custodia de cuatro facinerosos que la conducirán a su destino, regresándose la tropa a su cuartel.
Entregada a la grosera soldadesca, guarda silencio y paciencia durante la larga jornada. A las seis de la tarde llegan al sitio de "El Peñón", donde los habitantes del caserío la hacen objeto de viva curiosidad, mostrándose unos compasivos y otros escarneciéndola.
Después de pasar 10 horas sentada sobre la mula, es encerrada en una de las bóvedas de la plaza, la llamada "El Infiernito", vecina a otra que estaba colmada de patriotas que permanecían desnudos a causa del bochorno. Allí la instalan, y el alcalde le señala un cuero que está extendido en el suelo para que se acueste, advirtiéndole que allí ha pasado su última noche una vieja que ha sido ahorcada en El Cardonal aquella misma mañana. Cierra la puerta y queda Luisa emparedada en un estrecho subterráneo, verdadera mazmorra de los moros, en donde la víctima sufre el lento martirio de la asfixia por el aire sofocante y por los miasmas. (Estas prisiones fueron luego destruidas por el gobierno del General Guzmán Blanco).
Veinte y cuatro horas pasa Luisa sin alimento cuando el alcalde le arroja la asquerosa ración del presidio.
El patriota M. Escurra, encerrado en la bóveda vecina, le presta valiosos y útiles servicios que Luisa agradece en lo más íntimo de su ser, y se
sorprende gratamente cuando le presentan un azafate de comida que le ha sido enviado por una mano desconocida.
Desde el violento embarque de Luisa, llega por fin a Pampatar en marzo de 1816. Había sido enviada de un lugar a otro, ignorando su destino, hasta que al final se ve embarcada en un buque cuyo capitán la recibe a bordo en calidad de prisionera. Las autoridades españolas la embarcan sin suministrarle ni aún aquello que tiene derecho a exigir en su calidad de deportada. La remiten a Cádiz por orden de Moxó en el buque llamado "El Populo" al mando del capitán Navas, que se hace a la mar el día 3 de diciembre de 1816, en compañía de 12 buques más ricamente cargados de caudales y frutos del país.
Cuando han salido mar afuera, más allá de las islas Bermudas y rumbo al norte, avistan las señales de un buque corsario. Gran confusión se produce en la embarcación, creyendo que el corsario puede ser Arismendi que viene a libertar a su esposa, y todos los viajeros se precipitan a solicitar la intervención de Luisa, dándole algunas prendas de valor para que las guarde en su poder.
El corsario les da caza hasta apresarlos.
Junto con Luisa navegan en "El Populo" el brigadier don Manuel Fierro y la señora doña Mercedes de Aróvalo.
El corsario era un buque de Buenos Aires, mandado por un norteamericano, quien apresó a toda la tripulación y pasajeros, apoderándose de las naves y del rico cargamento. Se dirigió luego a las Islas Azores y en la Santa María desembarcó a los pasajeros capturados que llegaban al centenar.
Esta imprevista situación le brinda a Luisa una magnífica oportunidad para liberarse, pero le faltan recursos para permanecer en tierra extraña y volver a Venezuela por su propia cuenta.
Admitió la posibilidad de que el corsario la restituyera a Margarita, pero al mismo tiempo surgió el temor de poner su destino en manos de un desconocido cuyos sentimientos ignoraba, y así sacrifica la grata idea de restituirse a su marido y de poner término a sus largos sufrimientos.
Resuelve en consecuencia manifestar su resolución al capitán Navas, y éste se hace cargo de la joven prisionera. El brigadier Fierro aplaude su acción y
juzga conveniente prestarle una ayuda: hace instruir en la isla de Portuguesa una justificación en que constaba que la señora doña Luisa Caceres renuncia a la libertad que el corsario le brinda, para seguir a su destino según la orden de la Capitanía General de Venezuela.
Varios pasajeros se reúnen para comprar y armar un buque abandonado que existía en la villa de Santa María En él siguen rumbo a España, Fierro, la señora de Arévalo Lorenzo Gabani, capitán de uno de los buques capturados, y Navas, quien lleva a Luisa consigo.
La navegación fue borrascosa y el inseguro barco estuvo a punto de naufragar, sufriendo Luisa las consiguientes angustias y penalidades durante la travesía. A bordo es informada de que al llegar a España será confinada a la Casa de Viudas o al Hospicio, y sabiendo ella que estos establecimientos siempre se mantenían celosamente custodiados por una guardia, se propuso solicitar la reclusión en otro lugar más propicio a la evasión que ya en secreto meditaba.
A los cuarenta y cinco días de haber salido de La Guaira y a los quince de la escala, arribó a San Lucas la esposa de Arismendi. Siguió por tierra junto con la comitiva hasta el puerto de Santa María, e. inmediatamente pasó por mar a Cádiz donde llega el día 17 de enero, de 1817.
Mientras tanto Arismendi se ha adueñado de Margarita desde los primeros días de noviembre de 1816, desalojando a los realistas y ocupando la isla con el ejército a su mando.
La situación general de las fuerzas patriotas a fines de 1816 no es muy halagüeña: el ejército del centro se había diseminado después de la batalla del Juncal, dispersándose los fuertes cuerpos de caballería que mandaban Monagas, Zaraza y Cedeño. Piar, con el grueso .de las tropas, se dirigía hacia Guayana, concibiendo en octubre de 1816 la ardua empresa de libertara aquella importante provincia que abre al invasor las puertas de Venezuela y Nueva Granada. Páez había ocupado a Nutrias y San Fernando, replegándose hacia Achaguas por la proximidad del ejército de Morillo. Mariño, aspirando al mando supremo, estrechabaa Cumaná, gobernada entonces por Prado.
Todos estaban fuertemente amenazados por las dos divisiones que Morillo dirigía desde Nueva Granada a Venezuela y que en enero de 1817 se habían
reunido en Guasdualito.
Los realistas ocupaban todas las ciudades de la Capitanía General de Costa Firme, con excepción de Barcelona; y en estas azarosas circunstancias Margarita sola se presentaba ante el enemigo libre e inexpugnable.
Unos meses más tarde es atacada nuevamente Margarita por los realistas, y el ejército .patriota al mando del teniente coronel Luis Esteban Gómez resiste y defiende la plaza heroicamente. Arismendi entonces se encontraba con Bolívar en Guayana. Cuando regresa en 1817 la encuentra libre como la había dejado en 1816, pero completamente talada por las tropas de Morillo.
Arismendi llega con el propósito de emplear toda su energía en recuperar la persona de su esposa, donde quiera que ésta se hallase.
En el mes de enero de 1817 llega Luisa a Cádiz. Navas, capitán de "El Populo", la presenta a la primera autoridad de Andalucía.
El Capitán General le pide la actuación jurídica y la nota oficial de la partida de registro y Navas le contesta que no las tiene. Cuando le pregunta cuál es el delito de la prisionera, le contesta que él ignora, agregando:
- El Comandante del Puerto de La Guaira dispuso sacarla de las bóvedas de la prisión.
- No sé, Señor – le dijo Luisa. Yo soy la esposa del General Arismendi, tal vez será éste mi delito.
El Capitán General, extrañado de este proceder de las autoridades españolas de ultramar, le dice que a ninguno puede hacerse responsable por las acciones de otro, en las que no ha tenido participación alguna y agrega:
- Los gobernantes de una sociedad bien ordenada y con sentido práctico no deben cometer actos de tal naturaleza bárbara, castigando en la mujer los delitos del esposo, por grandes que éstos sean.
Después, con voz más calmada continúa:
-Si los españoles de América desnaturalizan su misión exterminando las colonias en lugar de conservarlas por medio de la fuerza yla prudencia sabiamente coordinadas, toca a los agentes de la corona en la Península condenar con actos oficiales estos impolíticos y crueles procedimientos.
La situación política de España era harto delicada para que el Capitán General de Andalucía se arriesgase a poner a Luisa en libertad.
Fernando VII al recuperar el trono no tuvo inconveniente alguno para ofrecer en actos oficiales, todo lo contrario de lo que su gobierno se proponía realizar. Enseguida se hizo sentir la reacción, representada en sediciones militares; pero el partido absolutista en enero de 1817 se encontraba domeñándolas en horcas y banquillos.
El Capitán General pide a Luisa, muy respetuosamente, que escoja ella misma el lugar de su prisión, entre el Hospicio o la Casa de Viudas. Pero Luisa se niega a escoger porque había sido informada que en esos lugares se albergaban mujeres de todas condiciones y estaban además fuertemente custodiadas por la guardia. El Capitán le hace saber que ella está en España confinada y que por lo tanto puede escoger libremente cualquier lugar. Y en vista de su desamparo le asigna una pensión de 15 duros, imponiéndole la obligación de presentarse mensualmente al Juez de Alzada, quien debería entregar el recibo correspondiente.
El respetable cirujano don José María Morón y su esposa doña Concepción Popet se ofrecieron para hospedar a Luisa en su hogar, percibiendo la pensión que le daba el gobierno y prestando la fianza que exigió el Capitán General.
Al opulento puerto de Andalucía llegó Luisa a los 18 años deedad después de haber sufrido inauditas vicisitudes, y encontraba para ella un sueño aquella relativa libertad que gozaba.
La familia en cuyo seno se hallaba recluida pudo pronto apreciar la suave índole de la joven expatriada y su carácter afable y circunspecto le inspiró una gran estimación sin que pasaran muchos días antes que fuera ya considerada como una hija de la casa. Le proporcionaron ropa de marinos para que ganara algún dinero pagándole por cada pieza dos reales de vellón, y Luisa terminaba dos por día, cosiendo hasta las 8 de la noche.
El capitán Navas, quien vivía en la isla de León, inmediata a la ciudad de Cádiz, la nombra madrina de un hijo a quien deseaba cristianar, y Luisa acude ante las autoridades a pedir una licencia para poder salir de la ciudad. (Este trivial incidente le fue más tarde de mucha utilidad).
Arismendi se hallaba para ese tiempo en el sitio de Angostura y Luisa no había recibido ninguna comunicación de él, ni de su madre. La situación política de Venezuela y España aislaba completamente a los patriotas que residían en Cádiz.
Cuando se encontraba Luisa gozando de la tranquilidad que había encontrado en su nuevo destierro, recibió una citación de la Capitanía General que la hizo perder su sosiego. Comparece ante la autoridad y se encuentra con una representación que debía firmar para presentarse ante S. M. el Rey de España.
El justificativo levantado por el brigadier Fierro en las islas Azores, la presentaba como una "virtuosa esposa" de uno de los monstruos de la rebelión, que habría despreciado la oportunidad de restituirse a su familia, para acogerse a la clemencia con que el amor paternal del rey recibía siempre a los vasallos extraviados de ultramar que protestaban de nuevo lealtad" Tal era el pensamiento del oficioso memorial y el objeto de la citación que llevó a Luisa a la Capitanía General.
Cuando se impuso de él contestó con dignidad:
-Yo soy incapaz de deshonrar a mi marido con la firma que se me pide. Su deber es servir a su patria y libertarla. Señor -continuó- yo no puedo aconsejar un crimen a Arismendi. Soy su esposa y conozco mi deber.
Estas palabras de una natural elocuencia fueron publicadas en la prensa de Cádiz y en la de Londres, aunque muy desfiguradas. El Capitán General las refería a sus compañeros observando que ya España no podía contar con las Américas.
-Si una joven -les dijo- en poder de sus enemigos, manifiesta tanto poder y fortaleza, ¿qué no harán sus libres compatriotas?
Sus valientes frases causaron una honda impresión en los habitantes de la ciudad, y en ella se fijaron las miradas públicas, por lo que Luisa juzgó acertado no salir a la calle.
Sus relaciones con la familia Morón se estrechaban cada día más, y en la grata intimidad y confianza por ellos brindadas, Luisa les dio a conocer su historia, siendo de este modo como aquellos amigos se impusieron de los tristes antecedentes de su vida, interesándose en su suerte y tomando parte en las penalidades y esperanzas de la bella joven expatriada.
En el destierro vive Luisa alimentando la esperanza de recibir alguna noticia de su madre o de su esposo; pero pasan los días y los meses sin que nada sepa de sus amados ausentes.
Corría el año de 1818. Un día se presenta ante Luisa el teniente Carabaño, quien en pocas palabras le ofrece los medios de embarcarla para América. Le informa que en el castillo de San Sebastián se encuentra prisionero un caballero de nacionalidad inglesa, quien enterado de su desgraciada situación, desea dispensarle su protección, encargándolo a él para que le participe su benéfica intención.
Al principio Luisa se muestra confusa y un poco asombrada, pero razonando sobre la proposición que le ofrece el prisionero desconocido, contesta a Carabaño que se sirva decirle a tan bondadoso caballero, que antes de aceptarla quiere verlo para establecer sus condiciones.
La entrevista pedida fue aceptada.
Carabaño conduce a Luisa a presencia de un respetable anciano, el cual le expresa en cálidas palabras la simpatía que le inspira su infortunio, ofreciéndose a llevarla al lado de su esposo, ysiendo por su propia cuenta y riesgo todos los gastos que el viaje requería.
Luisa acepta, .con la sola condición de que los gastos que ocasione el restituirla a su patria, fuesen luego reintegrados por Arismendi. El extranjero se niega a aceptar esta proposición, pero Luisa insiste y al fin accede a su deseo.
Convienen en que la evasión se efectuará tan pronto como una fragata mercante americana arribe al puerto de Santa María; y Luisa se ve obligada a guardar el secreto de su partida hasta de aquellas personan a quienes la unía un sentimiento de gratitud, por el temor de que su plan fuese descubierto.
Cuando llega la fragata al Puerto, Luisa se encuentra sin recursos para efectuar el viaje, y se le ocurre pedir al gobierno una mensualidad
adelantada para trasladarse a la isla de León donde va a temperar un mes.
Obtiene el dinero adelantado, y cuando llega la última noche que ha de pasar al lado de la hospitalaria familia Morón, se arroja emocionada en los brazos de la señora y le habla de su fuga, revelándoles que al día siguiente por la noche se efectuaría la evasión. La señora de Morón sobresaltada le pregunta por la fianza, y Luisa le responde que habiendo pedido licencia para pasar un mes en la isla de León el señor Morón debe manifestar a las autoridades su ausencia, a fin de desligarse de toda responsabilidad.
La ropa de Luisa es llevada secretamente a bordo, y ella sale con un pequeño paquete en las manos para no infundir sospechas.
Llegada la noche, Carabaño la acompaña a pié hasta el puerto de SantaMaría, donde un bote la aguarda para trasladarla a la fragata.
Cuando llega a bordo Luisa se encuentra toda amedrentada ante la angustia de que su fuga fuese descubierta y se la redujese nuevamente a prisión. Pero estos temores se desvanecieron cuando se vio navegando con rumbo hacia Filadelfia bajo la égida del estrellado pabellón, el 19 de marzo de 1818.
Y de esta manera recuperó la libertad la sufrida esposa de Arismendi.
Después de una larga navegación, llega a Filadelfia el día 3 de mayo. El capitán la aloja en su propia casa y le entrega una carta de recomendación dirigida a un amigo de su protector, un negociante de apellido Tottem. Este señor, de acuerdo con las instrucciones recibidas, busca alojamiento para Luisa en una posada española a fin de que pueda entenderse sin la necesidad de un intérprete. Pero más tarde se traslada a un establecimiento francés donde pudo descansar de las fatigas del viaje.
La prensa de Filadelfia quiso tomar informes relativos a la persecución de que era víctima la bella esposa del caudillo margariteño, pero Luisa se opone dignamente a ello.
Por aquel tiempo se encontraba emigrada en Filadelfia la familia del general republicano Lino de Clemente, con la cual estrechó Luisa una valiosa amistad que conservó después durante toda su vida. Contribuyó a esta unión el que fueran hijos de una misma patria y el que alentasen en sus pechos el mismo ideal de lucha por su liberación.
La víspera de su partida para Margarita fue Luisa sorprendida con la visita del coronel Luis Rieux quien le entregó unas cartas de su madre y de Arismendi que fueron para ella motivo de gran alegría después de la absoluta y prolongada incomunicación en que había vivido esos largos meses. Este coronel llevaba la misión -encomendada por Arismendi- de entrevistarse con Luisa y restituirla a Margarita. Como prenda de confianza le entregó a Luisa el rosario de oro que le regalara Arismendi el día de sus bodas. Al reconocerle, Luisa, se siente embargada por la emoción.
Puesta Luisa bajo su cuidado se embarcó rumbo a San Thomas y desde allí se trasladó al buque que periódicamente navegaba entre aquella isla y Margarita al mando del capitán Agustinillo, compatriota y admirador de Arismendi.
El 26 de julio de 1818 llega Luisa felizmente a los brazos de su madre y desu esposo a los 19 años de edad, después de una ausencia de cuatro años, durante los cuales sufrió toda clase de vejámenes y privaciones por parte de los gobernantes españoles.
En Juan Griego Luisa es recibida por la población con toda clase de pompas militares y demostraciones de regocijo popular.
Loa comandantes de las naves de guerra consiguieron que Luisa volviera a bordo al día siguiente de su llegada, reclamando el jefe de mayor graduación Joly, el honor de llevar a su bordo a la esposa de Arismendi.
Cuando llega a tierra le hacen los honores y las salvas que hacen al marido las ordenanzas militares, a tiempo que la población hacía sus obsequios con disparos.
En su camino por las calles fueron a través de arcos de triunfo. Grupos de mujeres entusiastas detuvieron a Luisa en su camino triunfal para ceñirle una guirnalda de flores.
En el templo de la Villa se contó un Te Deum en acción de gracias; y durante ocho días continuaron los bailes y los regocijos populares.
Desde ese mismo día Luisa Cáceres volvió al goce de la vida privada, donde se mantuvo después silenciosa y retirada de la sociedad, en la que por
muchos títulos, tenía el derecho de figurar.
El día 2 de junio de 1866 muere Luisa Cáceres de Arismendi a los 67 años de edad.

1 comentario:

genesis_villarroel dijo...

mi pregunta es la siguiente,,, jamas e escuchado que luisa caceres no haya tenido mas hijos.........